Golpeaban en la ventana, querían entrar a jugar hasta que
sonó mi alarma y dejaron de chillar. Ya no quiero salir, en serio me opacan las
sonrisas falsas y llevo tanto con la mía que a veces olvido que es disfraz y
empiezo a aceptarla como parte de mi anatomía. Jugaremos afuera, pero hay lobos
mademoiselle, habrá que jugar a ser corderos para no asustarlos, aunque piensen
en morder. No pido absolutamente nada más que a la lluvia como orquesta y hacer
lo que hagamos en un cuartito en renta, darles hogar a nuestras hadas y dejar
jugar a los duendes.
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