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12.16.2012

MUJERES.


Solo pintas mujeres me decía ella. 
Cada que paraba en mi estudio, antes o después de alguna tertulia en mis sabanas, mi cocina, mi regadera, mi azotea, me acribillaba con preguntas y cuestionamientos de porque solo pintaba mujeres. Y cada que ella preguntaba, yo contestaba con reticencia y toda la habilidad retorica de la que soy capaz, huía para no encontrarme en una tormenta de mal humor. Hasta que un día decidí mentir, a medias, pero al fin y al cabo mentir para no decirle que solo pintaba mujeres porque era lo único que veía por estos pasillos.


-¿Y qué quieres que pinte? ¿Hombres?  ¿Paisajes? ¿Naturaleza muerta? ¿Para qué pintar algo tan vulgar si tengo ángeles al alcance del pincel? ¿Para qué malgastar mis horas dibujando figuras sin alma si tengo al cielo mismo recostado en mi cama? Las mujeres son el caos y el orden de este mundo, los alguaciles del cielo y las cónsules del averno mismo. Las mujeres tienen permiso de cometer los pecados que gusten por el simple hecho de ser mujer. A una mujer no se le puede recriminar si busca mejores vuelos en otro caballero, a un hombre se le debería cortar la verga. A una mujer no se le puede decir nada si se pone violenta mientras hace el amor, a un hombre se le debería atar de por vida. A una mujer no se le puede regañar si ofende, a un hombre se le debería quemar vivo. Una mujer tiene permiso de destruir el mundo, el problema es que en su infinita gracia, están dejando que nosotros lo destruyamos y eso, es pecado.


*Pequeño fragmento de la narración poética "De mis putas y princesas" que saldrá en el siguiente libro.


1.10.2012

Fragmento de: UN PEQUEÑO CUENTO PARA CUANDO ESTES TRISTE.


-¿Qué haces princesa? –Le pregunto su madre-.

-Recordando, mama.

-Eso a veces es bueno, aunque puede ser muy malo también. ¿Qué recuerdas? Si se puede saber. -Chuahua volteo a ver a su mama, parecía que estaba decidiendo si debía contarle, si debía expresarlo por primera vez, materializar el pensamiento en palabras, tenía miedo de que el bosque la escuchara-.

-Recuerdo… recuerdo a alguien. -Su madre con sonrisa de complicidad le miraba, su hija crecía-.

-¿Dime, es guapo?

-No, de hecho, no te gustaría, ¿sabes?…

-Bueno, no creo que me guste jamás, alguien para mi princesa, nadie esta a tu altura, pero, ¿eso que importa? Importa que te guste a ti. Pero aquí la mas grande interrogante es, ¿Por qué lo recuerdas? ¿Por qué no mejor lo vives?

-¿Cómo?

-Ve por él, búscalo.

-Pero…

-Pero nada corazón, eso es cobardía. Recordar es para cobardes, vivir es para quienes vivir merecen. Con permiso, señorita, la dejo con su cobardía.

-¡Mamá!

-Nada de mamá, adiós. Te quiero.

-Y yo a ti.


*Fragmento de "Un pqueño cuento para cuando estes muy triste".

11.14.2011

LAS PAREDES NO OYEN TODO.


Ella es flaca, de rasgos toscos, ojos verdes, boca delgada y voz de tono grave. Lo que muchos llamarían poco atractiva. Sin embargo, él la veía con interés, con deseo efervescente, había algo en ella, en el dejo de su voz, la línea de sus palabras que le seducía.
Su mujer, le pensaba como todas las mujeres a las que alguna otra le roba besos, caricias y secretos a su pareja; le pensaba demasiado suyo, demasiado seguro, algo por lo que no había que competir o preocuparse. De cabello negro intenso y sedoso como si hubiese sido fabricado ayer, de piernas largas y esbeltas, curvas exactas escasamente moderadas y una boca jugosa, la mujer trofeo que todo hombre desea, ¿porque habría de preocuparse por él? Le tenía seguro.

La cita fue en horario laboral, el había pedido el día sin que su mujer lo supiese. El lugar, un motel barato del centro, no había necesidad de gastar en lujos o conquistas. A ella, él le parecía de lo más interesante, un joven de buen cuerpo, con un futuro laboral prometedor aunque desperdiciado, pero el dinero no era lo que le interesaba. Lo que prendía el fuego era la mirada de él, la forma en que escuchaba, en que hablaba, la forma en que le acariciaba el cabello cuando coqueteaban y la manera de tocarla, esa manera tan personal, tan preocupada por el placer de ella y abandonado del propio. Encima, el no era nada feo y de verdad esto no había pasado por iniciativa suya, si por culpa compartida, mas no por motivación de su parte. Ella lo había buscado.


Cada semana había una pelea en casa con su pareja, palabras despectivas y caprichos inentendibles. Amigos de trato dudoso y palabras ameladas, despreocupación por su estado anímico, desinterés por su vida fuera de casa.
Y ella estaba ahí para escucharlo, de la misma manera que él lo hacía. Las platicas por teléfono fueron convirtiéndose en cafés para charlar de manera más intima, citas al cine cuando su mujer estaba muy ocupada en asuntos de mayor interés, besos ocasionales, sexo por alcohol, amor por necesidad.

La noche era acalorada, los mosquitos rondaban en cada esquina donde algún charco de agua estancada descansaba con las estrellas reflejadas en su tranquilidad. Unos zapatos viejos rompían con el silencio, acompañados del golpeteo de unos tacones de aguja exageradamente altos. El edificio se erguía enfrente cual giralda llena de secretos pasionales y placer comprado, ellos entraron como quien visita un museo.

Primero los abrigos cayeron al tocador, un whisky barato se vertía sobre un vaso old fashion con tres hielos y un coctelero con soda. La radio tocaba canciones lentas y románticas de los artistas de moda. Los besos tímidos no se hicieron esperar, una mordida al labio inferior de él rompió el hielo. Ella boca arriba, sin tacones y con un vestido negro, con las piernas flacas y trigueñas enredadas entre la mezclilla del pantalón de él, mientras los delgados dedos de ella desabotonaba su camisa blanca, sus uñas carmesí se enredaban entre el vello de su pecho. El sudor y el perfume comenzaban a fundirse, la ropa desaparecía de la escena, los movimientos empezaban a hacerse más toscos. La espala de ella se encorvaba de manera espasmódica mientras el paseaba entre sus piernas, jugando con su sexo, cubriendo la culpa con el placer, enseñando la cátedra que habría aprendido tras años de desenfreno y que no dejaban enseñar en casa. Los besos empezaban a escasear y las mordidas y exhalaciones aumentaban, pequeños gritos de placer arrancados por algún movimiento sorpresa, por alguna jugada repetida y realizada mecánicamente, sus cinturas bailaban al compas de la música que había entre ellos, la radio había desaparecido, su mujer había desaparecido, el universo no existía, solo eran ellos. Solo eran ellos cuando el sin darse cuenta, bañado en sudor, extasiado al límite, con los músculos de los brazos tensos, le dijo al oído te amo. Yo también amor, fue la respuesta que sello todo.

Su mujer jamás supo la causa del divorcio, jamás se entero de los engaños, quizá recíprocos, quizá no, jamás entendió la causa, el solo dijo adiós y sus abogados arreglaron todo.

5.21.2010

DIARIO DE UNA SOLEDAD CRÓNICA 4.


Una serenidad no fingida. Una sonrisa fácil, tan blanca como el alma de Dios. El rostro, iluminado por una luz, que venía de no sé donde. Las mejillas rojas, coloreadas a mano. Ella, era guapa, pero solo eso. Su cara era bonita, mas no extraordinaria, no para los demás ojos pero, para los míos; ¡hay! para los míos, que estaban acostumbrados a las gracias de las mujeres más guapas que un viajero puede imaginar, y eso, que los viajeros ven mujeres guapísimas, de rasgos inimaginablemente bellos, obras de algún famosísimo escultor divinamente diestro, pero solo eso. Ella, en cambio, era la magnus opus de un escritor barato, era la fiel imagen de la pasión a la escritura, tratando de retratar la belleza interior del mundo entero, ella era, como escrita para mí. De cabello castaño, piel blanca, nariz fina, labios delgados, chapeteada, ojos perfectamente normales, pero, aquí cabe mencionar que sus ojos, esos ojos tan extraordinariamente normales, tenían algo de especial para aquellos que saben ver, para aquellos que adiestran sus ojos en captar el momento y las mentiras, para aquellos que dejaron de ver el mundo como el mundo les dijo que lo vieran, y miraron dentro de su vestido para verlo totalmente desnudo.
Esos ojos tan normales para el resto de la gente, eran los ojos casi en extinción, de una ser transparente, uno de esos seres que te cuentan la vida entera en miradas, que no necesitan hablar para darse a conocer, de esos en los que en sus brazos, uno se siente tan seguro que podría vencer el cáncer, el sida, y la vida misma si jamás te dejara de abrazar.
Ella, era transparente, común para el mundo entero, tan especial para un viajero pobretón como yo. Así que, desde el primer instante que la observe, mi corazón derecho lo supo, ella era de esas personas que detienen el maldito tiempo, el mismo tiempo que no se detiene sino para burlarse de ti, saboreando la situación pero, que al encontrar a esa persona, el muy hijo de puta no le queda otra que frenar porque, no puede pasar por ahí, por mucho que lo intenta.
Y al ver el tiempo detenido, al viento estancado en las comisuras de sus labios, a las horas escurriendo por sus cabellos, a la eternidad sentada en sus pestañas, perdí la cabeza. Deje en la bolsa todas las frases que me quedaban para regalar y le dije, te amo.


-No tengo idea de que hagas, como te llames, donde vivas, pero, se exactamente quién eres, eres la razón de que mis pasos me hayan traído a este lugar en este preciso momento, cásate conmigo.

Ella corrió, bajo la cabeza, soltó una pequeñísima lágrima y echo a correr entre la gente; mis pies, no se movieron, no podía creerlo.

DIARIO DE UNA SOLEDAD CRÓNICA 3.


En una esquina, en el cruce de calle santa Anita con calle esperanza, había una casa enorme, de color blanco pálido, con las orillas de los tejados enmohecidas por el tiempo, los jardines cuidados por montones de jardineros mal pagados, una entrada de unos 10 metros de largo con una fuente en medio, una colección de bentleys magnifica, ventanales de metros y metros, ultra barroco en la arquitectura, con un reja igualmente blanca, resguardando y, uno que otro can de magnifico pedigrí. Todo esto, hacía un contraste enorme con el pueblito de segunda en el que estaba ubicada.
Todos los días, exactamente a las 3 de la tarde, el pasaba por ahí cuando regresaba de lavar platos en el restaurante del amigo de su tío, todos los días exactamente a las 3 de la tarde, una niña de labios delgados, nariz chistosa pero, muy bonita; justo en su lugar, justo del tamaño correcto para su barbilla fina y la delgadez de su rostro. El negro azabache de sus ojos hermosos y relucientes, sus cejas pobladas, su cabello negro y abultado, su piel blanca. Todo eso se encontraba diario a esa hora exacta, tomando clases de francés, todos los días ella volteaba a verle y se sonrojaba un poco, todos los días él le sonreía y ella, no le devolvía el gesto, eso nunca le desalentó, de hecho lo tomaba como un gesto de vergüenza, como si le diera pena dejar que el, descubriera algo.

Un 13 de agosto, ella se encontraba donde mismo, a la misma hora pero, sin maestra alguna, por alguna razón, más cerca que de costumbre. No podía dejar pasar la oportunidad. Se acerco decididamente a la casa, no sin antes dedicarle un hola amistoso, ella, solo bajo la cabeza como apenada. El, con esto, se sintió más que confiado, era suya.
A decir verdad, cuando pudo acercarse noto que era casi de su estatura. Verán, esto es muy importante ya que, esa estatura reafirmaba su porte estilo principesco, esta mujer, de verdad, había nacido para ser rica, lo decía su estampa.

Sabia que tenía que ir directo al grano para sacarla de balance y, controlar el al situación, si no, estaría perdido. Su razonamiento era el siguiente. Ella, era una niña rica a la que, lo más probable, le habían cumplido todos los caprichos desde chica, nunca le decían que no ha nada y los niños siempre le hablaban con delicadeza, tenía que ser audaz, pero no demasiado. Decidió empezar con algo agresivo, algo que denotara el hecho de que la observaba cuando pasaba por ahí.

Él-¿Y tu maestra?

Ella-Pardonnez-vous?

Él-No hablas francés, estas estudiando francés, pero hablas español, te he escuchado. Si no quieres hablar conmigo me voy y listo ten bonito día. Solo… una cosa, mira…

Puso la mano atrás de su oreja, y saco una rosa que había cortado, antes de llegar ahí, un viejo truco que había aprendido de un amigo de barrio, en su ciudad natal.

Ella sonrió bastante, le encantaba la magia, en esto, había tenido suerte.

Él-Sabia que tenías una sonrisa hermosa, por eso las guardas tanto, han de ser carísimas, tanto que no podría pagarlas, con permiso.

Ella-No…

Él-¿No? ¿Cambias de opinión entonces? ¿Quieres que me quede?

Ella-Nunca dije que quería que te fueras.

Él-Cuando una persona finge hablar un idioma distinto del de la otra, veras, yo lo considero una muy directa forma de decir vete, además, pues, tengo una agenda muy ocupada y…

El rostro de ella, no pudo evitar dibujar una mueca dura, al fin y al cabo era una niña rica, acostumbrada a cumplir sus deseos, el, lo noto enseguida y cambio de rumbo.

Él-Es broma, me encantaría quedarme un rato pero, ya no se me mas trucos, lo siento, tendrás que ver el mismo una y otra vez hasta que me corras, tampoco soy muy interesante entonces, creo que tendrás que contarme todo de ti para no aburrirte con mis cuentos.

Ella, sonrió por segunda vez.

5.17.2010

DIARIO DE UNA SOLEDAD CRÓNICA 2.


Llovía en la ciudad. El, andaba en bicicleta, por los callejones del barrio donde nació y vivió toda la vida, no había un alma afuera. Un alma quizá no, pero esos ojos color miel ahí estaban, tan dulces, tan inocentes, cálidos como nada, en esa orilla del mundo. Era una niña de unos 20 años, rubia, de ese rubio dorado, como el sol, si el sol tuviera cabello. Blanca como la nieve, como el olvido, como el adiós. Pequeña, chaparrita, pero con un cuerpo coqueto, era ella, toda una muñeca de pies a cabeza.
Paro enfrente de ella, y ella, esbozo una trémula sonrisa.


-¿Qué haces ahí sentada? Pregunto él. Vas a pescar un resfriado, ¿Por qué no te metes a tu casa?

-No tengo llaves, a parte, me gusta la lluvia, me limpia el alma.

-Pero la limpiara más de lo debido si estás sola, te acompañare para que el agua nos limpie a los dos pero en menor porción.

Volvió a sonreír, pero sin decir sí o no. Él lo tomo como un sí y, se sentó a su lado, platicaron una media hora. Estaban empapados cuando recordó su cita y miro el reloj.

-Tengo que irme se me ha hecho tarde, pero…

-¿Pero?

-Pues veras, llevo conmigo un paquete pesado, ¿podría dejarlo contigo y recogerlo después?

-¿Paquete pesado? Yo no veo nada.

-No todo lo que le pesa a un hombre es visible. ¿Puedo?

-Sí, está bien.

-Estira las manos y ponlas juntas. Bien, toma.

-¿Qué es?

-Un puñado de besos que guardo para dártelos, pero no es el momento, vendré después por ellos.

La sonrisa temerosa como la luz de una vela en medio de vientos nocturnos, volvió a aparecer, esta vez, para ver partir al extraño individuo de quien se había enamorado.



5.13.2010

DIARIO DE UNA SOLEDAD CRÓNICA 1.

Sonrió desde el balcón de la ventana. Era morena, de ojos verdes claro, no de ese verde empalagoso, no, un verde difuso, como con niebla, una levísima capa de humo que te permitía ver la belleza de la pupila, la niña y el iris pero, no los secretos del alma tras la ventana. Su piel bronceada, pero tenue, de ese bronceado perfecto, del color que toma el café cuando lo mezclas con Baileys, se te antojaba bebértela entera. Delgada, fina como un buen trazo del mejor pintor, tenue como una sombra a punto de ser carcomida por la luz. Su rostro dibujaba un aire inocente, su boca y su mirada se contraponían a esa afirmación, sus gestos exclamaban sus intenciones a gritos mudos.

-Hola. Dijo él, de la manera más dulce que su voz ronca le permitió.


-Hola. Contesto ella.


-No quiero molestarte pero, se te ha caído algo.


-No puede ser mío, a mi no se me ha caído nada.


-¿No? Pero yo vi claramente como se te caían unos siete besos de la boca cuando pase.


Ella se rio. Se rio con esas carcajadas que solo ofreces a alguien con el que estas a punto de emprender un viaje, una travesura, un vuelo.

LIBRERO DE RAP DE CAFÉ

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