3.01.2010

LA LOCURA DEL ACTOR.

Matice la esencia con toques de rubor color ignoralo, tapice la escena con escenografías de mundos raros, actué como nunca en la vida, fui tan bueno que me engañe y me creí ser mi personaje. La obra se trataba de enamorarse aunque consolidar una relación era imposible aun, si se conquistaba a la chica. Fue, un éxito rotundo en taquilla. El actor principal, yo, trabajo semanas en el papel para dar la función de su vida, durmió como el personaje, comió como el personaje, hablo como el personaje y vivió como el personaje aun fuera de ensayos. Aumente mi touch dramático olvidando lo imposible de el fin y concentrándome en los medios para no lograrlo. Salí, y mi publico pensó que me había vuelto loco, pero disfruto tanto la función que aplaudieron por horas. ¡Bravo! gritaban ¡Bravo! ¡Que función! ¡Que actuación! decian ¡Que magnifico! ¡Que dramatismo! ¡Que sentimiento! comentaban. Imbéciles, ¿cual actuación? ¿cual dramatismo? Estaba enamorado de ella y no podía tenerla, lloraba lágrimas de dolor y ellos se regocijaban, pero aun así los aplausos me nutrieron, pero al final ni ella ni los aplausos estaban, salí del escenario y era hora, di la función de mi vida, ahora, es hora de dormir por siempre compañero. Se cerro el telón. Se acabo la obra.

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