Solo una vez, deja te mato solo una. Deja que sean míos esos ojos y deshaga este hechizo de luna. Tu sonrisa plateada me recuerda mis días en ella, esos días tristes en los que solían contarme cuentos las estrellas, cuentos que después yo vine a contar a esta desolada tierra.
¿Quieres ponis? Los dibujo en la atmosfera con el aliento que te robe y montaras en ellos sobre nubes color perla. ¿Bosques rosas, castillos flotantes, magos y hechiceras? Los tengo todos.
Mi cama sera un circo, tu serás la mujer que levita sobre un hilo y yo el payaso ebrio que acapara la atención, hare maromas y malabares, montare ratones cargando elefantes. Hare de esto una guerra y explotare las almohadas, disparare las ganas y prenderé las sabanas, todo, sin quemarte diosa mía.
Solo una vez, tu cuerpo y el mío, ese blanco casi transparente y la marca de mis manos sobra la porcelana caliente. Enciérrame con tus muslos y cántame entre gemidos espasmódicos mientras me veo reflejado en el tornasol de tus ojos semi nórdicos, que se derrita el hielo de esa mirada de cortesana y deja salir las trescientas hadas que llevas encerradas en esos planetas tuyos, por donde te sale el alma a carcajadas, suspiros y arcadas. Y es que ese par de súper novas no son ojos, son cuerpos enteros, nunca terrenales, más bien de un tipo celestiales crueles, de esos ángeles que nunca llegan cuando quieres.
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