Desnuda en la cama de ese pedazo de cielo que rentamos unas
horas, acostada boca abajo con las sabanas imitación de seda haciendo una
diagonal en ese ángulo mortal de tu cadera, estás leyendo ese libro que te
recomendé hace meses, tu café se enfría en el buró de lado derecho, junto a la
lámpara de noche y el reloj despertador barato. Llevo no se cuanto tiempo
asesinado, escribiéndote poemas en el lienzo de tu espalda con la yema de mi
dedo, surco con tenacidad un mar plateado, un desierto blanco al que le han
quedado marcas de mis manos por la tempestad de hace unas horas. Mi axila pasa
por encima de tus nalgas recargándose con la confianza de un extranjero que ya
estado en ese lugar anteriormente. El humo del cigarro, el vaso con hielos
derretidos, las pláticas inconclusas por el placer de platicar, los temas
extraños por el placer de sabernos extraños, la vida entera como agua entre las
manos.
Después de una tormenta eléctrica entre tus ojos y los mios, el terremoto de tus piernas abrazando mi cadera, la explosión de tu sexo en un anexo infernal de un cuarto de hotel cualquiera, el paraíso del éxtasis momentáneo de entregarse al otro y buscarse, saberse, leerse hasta el final; solo quedo la tranquilidad de un mar limpio y un cielo despejado tras una tempestad.
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