Esos listones de esos tacones tuyos. ¿Son coquetos sabes? Quizá juegue con ellos. Rosare el claroscuro de tus tacones negros y tus mallas semi transparentes y oscuras, esas medias que fueron hechas para romperse, para ser surcadas por mis dedos, como el mar por tiburones, soy el rey de ellas y de esas piernas que se ocultan bajo esas aguas turbulentas. El limite que ajustas a la mitad de tus muslos, donde al pasar, cambias del infierno dulce al paraíso entero, sobrepasando tu falda gris para llegar a ese pecado que reivindica. Destrozarte esa blusa negra para dejar de adivinar el color del brassiere que guarda tus pechos blancos, esos que gritan muérdenos, tócanos, excítanos, para pasar a tu pecho virginal de luna, tu clavícula desnuda envuelta en sudor, bailando con la agitación de tu pecho a punto de estallar al viento. Tu cuello delgado, largo, entre mi par de manos, apretándolo cual constrictor, sometiéndolo al rigor de mis dedos, subiendo hasta tu mejilla para rozarla, tocarla apenas, al tiempo que mis labios gritan los tuyos y los tuyos gritan los mios. Paseo entre tu boca con mi índice para explorar y atacar mejor a lo hinchado de tu labio inferior, lo delgado del superior, lo sedoso de tu lengua, lo terso, entre estocadas nítidas, semi pálidas, mordidas fugaces y apretones espasmódicos. Para acabar muerto en tu par de ojos vírgenes, tu mirada transparente y lucida, tu cuenta cuentos involuntario que relata historias que solo la luna observa y que las estrellas callan.
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